No lo conocí en persona, apenas sabía de su vida, pero, día tras día al abrir el ejemplar del diario Público buscaba en primer lugar (sólo superado en ocasiones por las viñetas de Manel y Vergara) su columna. Esa columna sensata, reflexiva y nada vacía de sarcasmo e ironía que siempre me llevaba a la reflexión, y siempre con una sonrisa en la boca.
Hoy, aun habiendo leído su columna esta mañana, me acabo de enterar de que ya no volverá a estar esa querida columna. Siento como si me hubieran arrancado un trocito de mi corazón, justo hoy que soy sobre el papel, un año más viejo que ayer. A todos nos llega, definitivamente y lo que queda, lo importante, es el recuerdo. Por lo tanto no podía sino que darle un homenaje en forma de sincero agradecimiento e inmensa simpatía con su propia obra, porque él lo habría querido así.
Hasta siempre, Javier Ortiz.
Extraído de su blog: 2007/01/24 05:00:00 GMT+1
Obituario
Hoy, como resulta que es mi cumpleaños, que estoy de viaje y que me he ido sin el ordenador portátil –no me toca escribir para el periódico hasta el viernes y el aparatito pesa lo suyo– os he dejado de archivo una humorada. Se trata de mi obituario. O mi necrológica, o como queráis llamar a eso. La he escrito porque no quisiera que el día en que me muera cualquier gacetillero inútil arruinara mi muerte con una necrológica burocrática y de circunstancias. De modo que os encargo colectivamente de que, cuando fallezca, hagáis lo posible para que sea éste el obituario que salga publicado.
Dice así:
OBITUARIO
Javier Ortiz, columnista
Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.
Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).
Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)
La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.
Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.
A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.
A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.
Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.
Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.
En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.
Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.
______
Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.
miércoles 29 de abril de 2009
Gracias, Javier Ortiz, y HASTA SIEMPRE
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martes 28 de abril de 2009
Una bomba a los pies de Jaca
A tan sólo 100Km. de Jaca se está cocinando una posible catástrofe futura de enormes dimensiones.
La petrolera francesa Total está intentando por todos medios instalar una planta capturadora de CO2 en las cercanias de Pau. 75000 toneladas, nada menos, de CO2 quieren introducir anualmente en una vieja bolsa de gas natural agotada.
Si ya de por sí es algo nada deseable, que sea una petrolera como Total la principal interesada en gestionar el proyecto (y la constructora del mismo) da todavía más miedo. Las grandes multinacionales petroleras siguen pensando que no deben bajarse del carro y creen que hay que seguir en la misma línea de por vida, sin pensar ni por un segundo en que esa línea, es por fuerza, limitada. Ni por un sólo momento se paran a pensar en alternativas para su negocio, en soluciones a la crisis energética mundial y de recursos motivada principalmente por el agotamiento de las reservas de petróleo. Mientras la sociedad despierta y comienza a ver el oro negro como una fuente contaminante de energía que es necesario (y posible) superar, ellos contribuyen particularmente a la "lucha contra el cambio climático" y a cumplir el protocolo de Kyoto reduciendo, no las emisiones de CO2 sino el CO2 de la atmósfera trasladándolo al subsuelo.
Espeluznante pensar en acumular grandiosas cantidades de un gas que en altas concentraciones es letal, y todo ello en un viejo yacimiento situado muy cerca de mi ciudad natal, y de las particulares fallas sísmicas del Pirineo que en un suspiro podrían dar al traste con el llacimiento y gran parte de la vida que le rodee.
Ni siquiera se ha demostrado la inocuidad de la ocurrencia, ni su interés económicaente hablando pero Total sigue en sus trece con el proyecto. La esperanza es escasa aunque en Francia saben decir NO mucho mejor que en España y en ello tendremos que confiar.
La UE, por supuesto, no duda en apoyar esta tecnología, todo sea por cumplir con el protocolo de Kyoto.
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miércoles 22 de abril de 2009
La pintada de Cayo

De nuevo inmenso Manel. Como también Cayo en "Tengo una pregunta para usted".
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domingo 19 de abril de 2009
Crónica de la fiesta nacional
El cartel parecía prometedor. Eran las cinco en punto de la tarde, y la plaza rebosaba de gente alegre, dispuesta a entregar todos sus sentidos, a dejarse llevar por la emoción racial y primitiva de su fiesta nacional. El tendido del siete aguzaba la vista y afilaba la lengua, haciendo valer su condición de tribunal inquisidor que jamás perdona al maestro ni un desmayo, ni un fallo, extremadamente exigente con la composición de la figura que envolvía el traje de luces, rosa y oro, del maestro.
Del exterior de la plaza todavía llegaban los ecos de la acostumbrada manifestación de opositores a la fiesta, del griterío y las pancartas de los que consideraban aquella ceremonia de sangre un rito bárbaro, por mucho que lo vistieran de tradición, de sagrada tradición.
Pero los que habían pagado sus entradas sabían que las tradiciones, cuando alcanzan la categoría de arte, no pueden ser observadas cicateramente bajo la óptica de la razón. El arte es un sentimiento del que tan sólo el corazón entiende.
Aquella era una tarde muy especial. El valiente maestro se iba a encerrar en la arena con seis vírgenes, seis, para celebrar la tradición más querida por su pueblo, la fiesta de la ablación, una liturgia heredada de sus antepasados, con siglos de historia, que ni los Papas ni sus amenazas de excomunión habían logrado extirpar. Seis vírgenes, seis, con las que el maestro demostraría su valor, su arte y destreza con la cuchilla de afeitar, y a las que con suerte les cortaría el clítoris, si la presidencia tenía a bien concederle tal honor.
Suenan las trompetas. Sale la primera virgen, asustada, cegada por el sol. El maestro la derriba sobre el albero con una bellísima zancadilla. El público grita olé. Da su aprobación el siempre sabio tendido del siete. El sol arranca brillos amenazadores a la cuchilla volandera. La plaza enmudece. Un grito. Sangre a borbotones. El público delira de felicidad. Y así, una tras otra, todas distintas, unas con trapío, otras mansas, alguna traicionera, dispuesta a morder y clavarle las uñas al maestro al menor descuido.
Una vez terminada la faena, saludó al respetable y salió a hombros por la puerta grande, empañados los ojos por la emoción del triunfo. Había sido, en verdad, una tarde memorable.
Por Manuel Saco en Fuego Amigo.
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miércoles 1 de abril de 2009
Malú - A esto le llamas amor
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